SOGNI D´ORO

Descubrir que tienes cáncer es como recibir una sentencia de muerte e intentar aceptarla mientras tratas de sonreír.

 La nueva política adoptada por los oncólogos establecía no ocultar el diagnóstico, por muy terrible que éste fuera, a los propios pacientes. Así que el médico “disparó” casi a quemarropa cuál era la situación y cómo se preveía que iba a ser el desenlace.

Aceptaba plenamente el veredicto del “Tribunal de la vida”, pero quería elegir el momento de llegar hasta el final, puesto que no era posible prolongarlo mucho más. Ahora que mis pulmones ya no respondían, mi pensamiento albergaba todavía un pequeño deseo.

Pedí que me mantuvieran en inconsciencia inducida tan sólo una semana más: 7 días con sus 7 noches que yo me iba a encargar de llenar con 7 momentos que ya no viviría. Pretendía extinguirme buceando en la vida de 7 mujeres que me ayudarían a sentirme una mujer plena. Imaginaría una existencia construida a base de todas las experiencias que soñé vivir, y en breve, me serían arrebatadas para siempre. 

 

Uno:

Entre mis manos.

Apenas tengo 7 años y he desarrollado una precoz predisposición para la música, hoy es 5 de mayo, mi cumpleaños, y papá me ha regalado un violonchelo, es mi primer violonchelo. Por fin está entre mis manos. Es hora de dormir, pero la emoción no concilia bien con la serenidad. Me aferro a él hasta que mamá entorna la puerta. Sé que no me lo va a dejar, así que antes de que se acerque a la cama, lo deslizo furtiva hacia la alfombra. Mamá es severa, pero me quiere y además tiene un don: si pone su mano sobre mi pequeña frente atribulada me abandono al sueño feliz. Así duermo ahora, dichosa.

 

Más adelante vendrá la enfermedad, pero por el momento no, ahora estoy muy ocupada y he de tocar mi violonchelo muchas horas y dar conciertos por todo el mundo; Y tantas cosas... pero todavía no, aún me veo con 7 años…

 

Dos:

Cuéntame.

Hoy es un día... hoy es “el día”, he escrito mi primer relato exitoso.

En La Sapienza organizan un certamen de relatos breves por la igualdad de género. Está todo dicho, pero siempre existe un pequeño barbecho para la fertilidad creadora. Vuelco todas las cosas hermosas que recuerdo de mi imprescindible tía Allegra y trenzo una historia taladradora y potente.

Un profesor me había proporcionado la fórmula de fabular a partir de aquello que realmente “te atraviese”, esta acertada revelación provoca que mi texto sea premiado y este refuerzo me anima a seguir escribiendo.

Y de esa escritura, surgen otras escrituras que me conducen a seguir explorando que brotará de mis manos trémulas, rápidas, azaradas, siempre que trajinan por el teclado.

Y ese deseo por hallar que vendrá tras la última página es lo que me hace sentirme viva. Y claro que llegarán más premios, y publicar y publicar y publicar, el reconocimiento y las luces para mis textos concebidos entre vacilaciones y nebulosas.

Sin embargo, nunca olvidaré cuál es el verdadero combustible que mantiene activos mis dedos andarines: el reto por descubrirme que puede venir después, porque siempre, siempre, hay una historia mejor que merece ser contada.

 

Pienso que si hubiera sido la escritora que hoy he soñado, sin duda habría descrito todo este proceso de “la vida al revés” que ahora estoy viviendo.

Siento que regreso, no sé hacia dónde, pero vuelvo a alguna parte de mí que ya conocía, ¿de qué?...”De antes”, como dice la canción de “Cultura Profética”, ese grupo reggae que tanto le gusta a mi hija pequeña: “tal vez de un tiempo en que mi memoria no alcanza, tal vez de un tiempo en que no habitaba esta masa, tal vez de un tiempo en que el lenguaje no hablaba...”.

Tengo que acordarme de sonreírle bien bonito cuando mañana llegue y me acaricie la frente y diga:” Buen día mamá, ya estoy a tu lado”.

 

Tres:

So’ Payasa.

Trabajo en un circo sin animales. Allí somos acróbatas, malabaristas, funambulistas, músicos… y los payasos ocupamos un número estelar del espectáculo.

Mi payasa se llama Pecorina y tiene un talento especial para provocar la risa de niños entre los cinco y doce años. Mi padre era payaso y el padre de mi padre y también el padre del padre de mi padre. Yo soy la primera mujer en cuatro generaciones que sigue la tradición familiar.

Me gusta mi trabajo. Cada noche, antes de dormir, resuenan en mi cabeza las risas de los niños que he escuchado durante la función del día, ese sonido me lleva, agradecida, hacia el sueño.

 

A mi también me hubiese gustado que alguien pretendiese hacerme reír estos últimos días, contar con ese refugio. Esta mañana, mi marido ha abierto la ventana y señalado el cielo, me ha confesado que va a buscar una referencia celeste para encontrarme siempre allí, cuando ya no esté junto a él. Me pregunto si se habrá dado cuenta de que mientras me acariciaba la mano le sonreía. Seguro que sí.

 

Cuatro:

El vuelo más deseado.

Año 1912, Chicago, soy la única mujer en la Escuela de Aviación. Llevo el pelo muy corto, no por moda, sino porque así me da la impresión de que puedo pasar un poco más desapercibida entre mis colegas. Cuando cumplí 12 años, mi padre -piloto profesional- preguntó que quería de regalo de cumpleaños y le respondí: “pilotar un avión”, entonces me miró como si aquella fuera la primera vez que me viese.

Al conseguir la licencia de vuelo no encontraba la oportunidad de desarrollar mi proyecto: soñaba atravesar el Atlántico pilotando un avión yo sola.

Una mañana de abril de 1921 despegué en aquel Forkker. Todos los periódicos hablaron de mi aventura y por fin inicié la carrera con la que tanto había soñado.

Robert, el asistente de mi padre, un año después de su muerte, me reveló que aquel viaje, mi primer vuelo en solitario, tuvo un patrocinador secreto: mi propio padre.

 

A veces ya no puedo escucharles, tengo el entendimiento y la atención diluidos por la morfina. Sin embargo, siento nítidas las manos de mis hijas cuando me hidratan el cuerpo con la crema de aloe que tanto me gusta. Esas caricias irán conmigo allá dónde vaya.

 

Cinco:

Alumbrando el mundo.

No fue una casualidad que decidiese irme a vivir al monte.

No fue una casualidad elegir una pequeña aldea, a una hora del hospital más cercano.

No fue una casualidad que pariese a mi hijo en soledad, no.

Si fue una casualidad que me convirtiese en partera de la comarca.

Otras mujeres fueron pidiéndome que les ayudase a dar la bienvenida a sus hijos a este lado del mundo. Y así, poco a poco, esta hermosa tarea ha derivado en mi ocupación principal. Mi compañero dice que se descubre en la mirada, que mis ojos reflejan el continuo renacer de la vida.

Cada vez que veo nacer un nuevo niño lo pienso: las mujeres hemos parido a toda la humanidad.

 

La enfermera ha preparado una tila a mis hijas y a mi marido, sólo me restan dos mujeres, ellos no lo saben, pero presienten que el fin apremia. Así es este depredador. Pura deconstrucción. No puedo verles así. Me descompongo y culpabilizo por ello. Trato de seguir respondiendo con pequeños gestos cuando se dirigen a mí.

 

Seis:

Un ángel para Roma.

Los romanos del año 590 creyeron que les había protegido de la peste y sus descendientes construyeron una figura pétrea mirando hacia el Tíber.

Mis alas son metálicas y algo azuladas por los efectos del clima.

Los romanos del año 2010 ni me ven, tienen demasiada prisa y demasiada historia a su alrededor como para dedicarme una de sus miradas rápidas.

Sólo los turistas tuestan mis alas al sol, mientras sus hijos les preguntan si conocen mi nombre.

Soy el arcángel San Miguel y desde la torre del Castel Sant´Angelo siempre me cuestiono quién protegerá a esta ciudad de sí misma.

 

¿Y quién nos librará a nosotros de nuestros miedos? Esta tarde les he oído referirse a mi muerte como un hecho ya consumado. Hubiese querido poder intervenir para explicarles que no me molesta que hablen así, y que yo también querría vivir, pero no de este modo, con cada pequeño detalle de mi vida cotidiana suponiendo un gran esfuerzo; mientras que antes en la otra vida, la que era de verdad, esa que no me dolía, era capaz de hacer todo lo que quería sin ayuda y sin proezas.

Ya casi estoy lista y sólo espero a que ellos también lo estén.

 

 

Siete:

Se busca un nuevo hogar para Lupo.

Esta noche la enferma tampoco soy yo.

Me llamo Marianna Troffa y trabajo en el Servicio Social del Ospedale Fatebenefratelli de Roma. Después de 10 años de profesión, aún hay cosas que consiguen sorprenderme, como el último caso del que me he ocupado.

Una señora sin familia vive en una casa de San Giovanni acompañada de su gato, se llama Lupo y es el principal protagonista de toda la intervención.

Ella se sabe terminal y la única preocupación que le impide morir tranquila es procurarle un hogar a su adorado compañero para cuando ella ya no esté. Descartamos todas y cada unas de las posibilidades que no le complacen, y finalmente llevamos el gato a la tendera a la que le había estado comprando el pan veinte años de su vida.

Después de explicarle con mimo cada cuidado, preferencia y gusto del animal respira agradecida. Ahora está segura de que Lupo estará bien y tan sólo 24 horas después de la despedida, muere.

 

Quizá me sienta más conectada a este sueño más que a ningún otro.

Mi hija pequeña dice que no he de preocuparme por nada, ella y su hermana van a cuidar de papá, y se van a ocupar de mí el tiempo que sea necesario. Desde lo más profundo de mi ser adormitado, le doy las gracias y alivio su tribulación verbalizando un “pues ahora me duermo y ya está”. Son mis últimas palabras.

 

Me han vestido con el conjunto violeta de canalé, regalo de mi último cumpleaños, papá no ha querido que llevase los pendientes de estrellitas, prefiere que los tengan las niñas. Estoy de acuerdo. Todos comentan mi expresión relajada.

Me conducen por el pasillo de la Iglesia de Nuestra Señora del Rosario en la Via dei Gracchi. Han puesto mis flores favoritas y hay mucha gente, igual que el día de mi boda, sólo que esta mañana brota el Réquiem de Mozart de las manos del organista y la gente no sonríe a mi paso.

Sobre el pecho me han colocado una fotografía de las últimas navidades, estamos todos, incluso la pequeña Chiara, aún en la barriguita de mi hija mayor.

He terminado mi proceso. No puedo decir que me sienta feliz, pero al menosme han sido concedidos 7 días más para firmar la paz.

Ahora he de marcharme, puede que el viaje sea largo...

 

 

 

                                                     

                                                       A mi madre, que siempre viaja conmigo.

                                          A mi padre, cómplice de mis andanzas literarias.

 

 

 

"La Escritura siempre ha sido mi tabla de Salvación".

D.P.S. (2012)