EL PASADO 10 DE JULIO ESTRENA LA SECCIÓN "DE RAIGAMBRE CASTELLANA" PARA EL PERIÓDICO ÚLTIMO CERO

                                                        Publicado el 31 de agosto de 2017 en Último Cero

RELIGARE

“El agua superior es agua de alegría, la experiencia de estar cercano a Dios, mientras que el agua inferior es agua de amargura, la experiencia de estar lejano de Dios.” 

Leo esta maravilla acunando la claridad de mis pensamientos al alba. Leánlo sin pre-juicios ni juicios posteriores por favor. No deseo meterme en algunos jardines, sólo en los vergeles que conduzcan al Edén.

Todos somos la misma cosa. “Decían que éramos lo mismo, la misma cosa tú y yo”. Canta el rockero purgando su oscuridad malsana. Se nos olvida, yo ya lo sabía, pero me lo actualizóuna mujer musulmana, bereber para ser más exactos. Son Imazighen, así deberíamos llamarlos, “hombres libres” originariamente. Un pueblo que lleva ese nombre resume todo. Un buen puñado de siglos de Historia de un plumazo.

Mi amiga. No la encontré en ningún destino exótico, no. Paseando por Tudela de Duero, en el parque mientras juegan nuestros hijos, en la piscina: nórdico-castellano el mío y purito ébano él, nombre hébreo uno y precioso nombre musulmán el de ella. Cohen y Aymán juegan, nadan, ríen, mientras sus madres hablan de Filosofía, de los libros sagrados, todos… Son ya tres años de luminosos encuentros fortuitos. Cada uno con su perla, una frase llena de sabiduría que me llevo a mi casa y a mis sueños.

El otro día, ella me confesó que le gustaba hablar conmigo porque no intentaba cambiarla, hay muchas personas que muestran curiosidad por sus costumbres, pero revela que no la entienden… que aguante estoicamente el calor mientras los niños disfrutan del agua, los ayunos, la vestimenta. Percibe el rechazo en los demás. Sonriendo acerté a decirla: “Es ignorancia, la gente quiere que todo el mundo sea como ellos. Lo diferente asusta”. Agregué una comparación simple y tontuna, pero muy gráfica, para definir la profundidad del asunto: si todo el mundo lleva bañadores a rayas marrones y aparece alguien con uno liso y rojo, miran y les inquieta por que es diferente y… valiente. Ella aseveró con LA MIRADA y apercibí -en ese preciso instante precioso- que conectábamos porque yo siempre me he sentido una extranjera, y no sólo a causa de mi fisonomía “guiri”, no; es que soy mujer con impronta muy personal, por dentro y por fuera. Y este hecho no me sitúa en una posición social fácil, pero… ¡quién dijo miedo! Soy castellana, y los castellanos además de dureza, tenemos mucho temple.

Conectamos decía, porque empatizo con ella. Además hablamos el mismo lenguaje, ella pronuncia nombres de profetas y yo los traduzco al castellano. El otro día, concluimos que todos somos lo mismo y nuestras divinidades son las mismas. Una sola. Todos somos uno.

No quiero hablar de sucesos, imágenes escabrosas repetidas hasta la saciedad, no. Para eso están otros, la carnicería mediática no es mi medio natural, mi objetivo es reflexionar y que el lector autoreflexione. Mis letras no pretenden contribuir ni al miedo ni al resentimiento. 

¡Por el amor de Dios! Y cuando tecleo esta frase es que pretendo apelar a la conciencia humana más desvirtuada, ¡qué cese esta barbarie! Entretanto iniciaremos con algo menos ambicioso: mirar al vecino con respeto y hacer la vida más fácil a los que tenemos alrededor. Eso ya es mucho.

¡Cómo no voy a ser una persona que “cree”! Estudié latín en BUP, ¿saben? Primera lección: verbo Religare. Volver a unir. Ese es verdadero origen del vocablo Religión.¿Prefieren una versión postmoderna? “All you need is love”, versión rasta “Could yo be love and be loved”… concluyo con Jesús, porque venimos de donde venimos: “Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, " (Juan 13:34). 

La humanidad debe tener hipoacusia y ceguera mental porque si no, no se explica. Una tonelada de siglos después, seguimos erre que erre. Leí en alguna parte que si las mujeres ocupasen el lugar que les corresponde, no habría más guerras, porque ninguna fémina soportaría hacerle pasar a otra por el inmenso dolor de ver morir a un hijo.

Cohen y Ayman juegan, sus madres hablan de Filosofía. Las mujeres somos -una vez más- hacedoras del cambio, a ver si en esta ocasión… nos lo permiten. ¡Ójala!

Pd. Señoras y Señores, con la que está cayendo: pasos firmes pero mirada limpia y generosa al otro, por favor, no entremos en el combate. La única revolución pendiente y legítima es la del AMOR verdadero. El sentido de la Historia pasada, cruenta y poco edificante, es este: trascender lo funesto a base de fraternidad.

¡Hala, me voy a desayunar…! Ahora sí.

                                                                         Publicado el 12 de agosto de 2017 en Último Cero 

 

 

LAS FOTOS QUE NUNCA TE HICE

 

Hubo un tiempo, no muy lejano, pero que desde la actualidad -plagada de exposición mediática y selfies por doquier- parece casi un tiempo mítico, rodeado de ese halo de misterio y solera que tienen las cosas verdaderas.

Una época en que una visitaba casa ajena y tenía muy claro quiénes eran importantes allí.

Al modo de los romanos con los lares - esas deidades domésticas que situaban en un lugar privilegiado de sus viviendas- en las casas patrias, lucían fotografías únicas e insustituibles. Fíjense que curiosamente nosotros heredamos de los latinos la palabra “lar” con el significado de hogar.

Retazos del acervo familiar. El bautizo del primogénito. La comunión del tío pequeño, vestido con un trajecito prestado por otro pariente. La boda de los abuelos que, vista desde nuestra óptica presente, parecería un funeral de tintes lorquianos por lo oscuro de la vestimenta. La puesta de largo de la Tita Lola, en los más pudientes… Los eventos esenciales acompañaban la cotidianeidad de las familias enmarcados con todos los honores.

¡Hay qué ver lo que ha cambiado nuestra relación con la fotografía! En un pasado reciente se veneraba cada instantánea que adornaba nuestra casa y ahora atesoramos cientos, miles, de imágenes que rara vez abandonan el disco duro del computer o la tarjetita de memoria de nuestro celular última generación. Permanecen atrapadas en un limbo tecnológico que no les reconoce su trascendencia, o si no la merecen… ¿Para qué las hacemos?

¿Recuerdan cuando usábamos cámara de carrete? No era como tener una Nikon y jugar a ser Annie Leibovitz, pero por lo menos sí pensábamos el encuadre antes de pulsar cada vez, se le concedía una importancia al momento de “disparar”. Al igual que después no se revelaban todas las fotos, había una selección, un valor en lo que se hacía.

Hace unos meses durante un concierto de Izal en el vallisoletano polideportivo Pisuerga, llamó mi atención la cantidad de lucecitas titilando en plena actividad. Todo el mundo queriendo capturar “El Temazo”. Sin embargo, se les escurría entre los dedos. Lo que deberían haber hecho es cerrar los ojos y respirar ese momento. Pero no, no podían, inmersos en esa ridícula cruzada que pretende registrar todo con medios técnicos, los mismos que impiden capturar con nuestros sentidos las vivencias. La única y genuina manera de vivir algo es esa, estar presente en lo vivido, con el olfato, la vista y la orientación bien despiertos, como tigrecitos alerta en medio de la sabana.

Y dejarnos de tanto compartir, exhibir, si no parece que no es vivido: mis vacaciones en Cancún, mi perro hace popó, mi hijo hace pipí, mi suegro se llama Pepe… ¡Ufff! Es soporífera esta retransmisión a tiempo real de nuestra existencia en rosa, pero ¿Quién nos creemos? ¿Una de las Kardashian?

Luego nos atiborramos a cursitos de Mindfulness en medio de esta aniquilación, esta patología desarrollada que impide disfrutar el presente, estos parpados quemados de tanto yermo pantalleo.

Cuanto más lo reflexiono, más pienso que debo de ser una mujer muy antigua, porque me siento conectada a valores y sentires un tanto trascendidos, parezco Juana de Arco en medio del fragor de la batalla 3.0.

El otro día leí en alguna parte “Se divertían tanto juntos que olvidaron hacerse fotografías”. Pues eso. Dejen que Annie haga su trabajo y limítense a respirar bien cada instante y abrazar a sus seres queridos. ¡Eso… sí!

¡Si hay una hecatombe que nos pille bien amarraditos y no con un palo selfie entre las manos por Dios!

   Publicado el 27 de julio de 2017 en Último Cero

 

GENERACIÓN PERDIDA

 

Hemos sido afortunados. Nacer a este lado del mundo es lo que tiene...

No somos refugiados de Siria ni nos han obligado a trabajar en la infancia ni nada por el estilo. Nuestros traumas –como norma general- tienen más que ver con el afrontar la muerte de un abuelo, lo que ello implica en esta orilla de “resort kármico”, o que nuestra madre no meciese la cuna con suficiente soltura. Disculpen la hipérbole, pero sólo acotando entenderán lo que debo contarles.

Como buena escritora, miro mucho y veo… ¿Qué observo? Gente de una cierta edad con todo a medias. Me explico, ni estabilidad laboral, ni emocional. Mucha incertidumbre, mucha vida de adolescente, mucho rollo “Me visto de guapo los findes”, me envaino el gin-tonic y ya estoy listo para salir a batirme con el mundo. Y así no…

Abbiamo una certa. Una cierta edad para tener familia, o gatos, o algo por lo que preocuparnos, con lo que comprometernos a fuego. Si no… ¿!qué triste, no!?

Y no me refiero a que todos debamos procrear, no es eso -dejar nuestra semillita en este planeta no tiene nada que ver con criar un par de mocosetes- estoy hablando de actitudes que reconozco en el panorama circundante como síntomas de una falta total de arraigo, motivación, una cierta trascendencia que ya debería acompañarnos a estas alturas del periplo.

No sé… enrolarse en una ONG, ayudar a un desconocido en plena calle, sonreír a la señora de la limpieza, organizar un cursito de alfabetización digital para los viejetes de mi bloque… ¡qué se yo! Las posibilidades son múltiples.

En resumen, hacer la clásica y buena acción del día. Sin este empeño, luego los domingos -de resaca- lloramos, o nos vamos al fútbol a dejarnos los nódulos…

El asunto es delicado porque “El enemigo” lo tenemos en casa. Ese ser que nos impide madurar, posicionarnos, evolucionar, hacer las cosas de manera diferente para obtener resultados diferentes, ¡cortar el cordón umbilical de una dichosa vez!

La estabilidad económica está complicada y es harina de otro costal, admitiremos como eximente. Esa porquería de “minitrabajos” que algunos deben de acometer para sobrevivir, no ayudan mucho a engrandecer el espíritu la verdad…

Se ha dicho muchas veces, pero no por ello ha perdido vigencia: estamos sobradamente preparados… para la nada. Nada en la nevera es duro. Nada en la nevera sumado al nada en la nevera de nuestras emociones es adicción al prozac asegurada, o al fútbol, o al tinder, o a lo que sea... Nos convertimos en yonkis que sustituimos una carencia por otra con soltura y sin transición.

Tengo un título, “un titular” que diría una amiga periodista: “El libro del Desasosiego”. Y no me refiero al de Pessoa obviamente, si no a ese que todos deberíamos tener en la mesilla de noche para apuntar todas y cada una de la putaditas que nos va regalando nuestra vida, esa existencia de occidentales suertudos pero con derecho a la pena y la pataleta.

Un nuevo e incipiente amor no correspondido por la típica cantinela de la falta de “lo que hay que tener”, la humillación en un curre de mierda que te comes con patatas y sin cubierto de plata, no encontrar al padre de tus hijos, que se te esconda la madre de los tuyos, que te follen y no te quieran, que no sepas cómo demonios vas a pagar la hipoteca este mes, que tus días estén en un permanente standby….Uff … ¡Menuda escenografía!!!

Suma y sigue, y no te quejes, al fin y al cabo no eres un refugiado de Siria ni has sido obligado a trabajar… blablabla… ¡¡¡Y un carajo!!!

Todo el mundo tiene derecho a un trabajo digno… artículo tal… a que le follen con amor, a generar las agallas para comprometerse con alguna buena causa, y sobre todas las cosas… a un AMOR con mayúsculas.

He dicho.

 

 

 

 

 

 Publicado el 10 de julio de 2017 en Último Cero

 

AMOR DE MADRE... DE DRAGONES 

 

 

 

Está llegando. Y no nos referimos al invierno precisamente. Hablamos del fenómeno televisivo que lleva desde su estreno, allá por el 2011, en primera línea de repercusión socio-mediática. Servidora es rara avis, confieso que soy una recién llegada al universo “Juego de Tronos”. Como espectadora estoy verde, pero resulta imposible escapar a su influjo y todos estos años he asistido -desde un autoexilio elegido- a los aconteceres que rodeaban la superproducción: que si buscan extras delgados y sin tattoos en España, que si resucita “Jesús” Nieve, que si la literaria villa de Urueña podría convertirse en localización para los últimos episodios… bla bla bla. Sin embargo ahora, a punto de finalizar mi visionado de la sexta temporada, ya casi estoy lista para poder disfrutar -como el resto de los mortales- con la séptima entrega.

Un buen amigo mío siempre dice que la humanidad se divide en dos: los que aman "Juego de Tronos" y los que no. El caso es que mi proceso de “enganche” al serial ha sido como si de un enamoramiento al uso se tratase. Empieza una a lo tonto, sin entender mucho el objeto de admiración y pensando: ¡Vaya culebrón con estilazo que se han marcado! Confieso que necesité un “tutorial" los primeros capítulos, e incluso pedí ayuda en las redes, para comprobar que no era un asunto mío exclusivo: árboles genealógicos circulaban por doquier para que ningún televidente se perdiese. Además del complicado entramado de casas familiares, otra cuestión que llamó mi atención fue la cantidad de mandobles por capi, y fiambres, mucho fiambre. Y uno en concreto que desconcierta súbitamente cuando ya creía “pescar” algo. ¡Era Ned Star! OH MY GOD!!!

No entender el objeto de admiración -les decía- pero comenzar a necesitar verlo cada día un ratito más, hablar cada semana un poco más sobre el temita y pronto apercibir que… ¡Una no puede vivir sin él…! Intentar poner límite a “las citas”: una, dos, tres entregas diarias en vena… ¡Esto no puede continuar así!... Perder el apetito y ganar en necesidad… ¡Un enamoramiento en toda regla ya digo!.

En uno de los últimos episodios escuché a la Reina Margaery reconocer que había perdido mucho tiempo en parecer buena cuando realmente no lo era. Me sentí identificada. ¡Todos somos Margaery! Aunque pretendamos alcanzar la santidad, nos quedamos en aprendices, por eso quizá nos mantengamos ojipláticos ante la pantalla.

Esta serie nos retrata. Todos somos la reina consorte, aunque quisiéramos ser Jon Nieve o soñásemos con encarnar en una iluminada, cañera y buenorra “Madre de dragones”, en esta vida nos ha tocado representar a los progenitores de un par de mocosos al borde de la adolescencia en plena guerra civil por el mando a distancia (¡Uff, menos mal que ellos también se han enganchado…! ¡Cómo no!). 

La cuestión es que todos podemos ser -llegado el caso- un monarca borrachín aficionado a la caza mayor y “menor”, una princesita de melena bermellona que descubre -a base de palos- que es mejor estar sin príncipe que mal acompañada, un ambicioso arribista proxeneta y pendenciero, una aprendiz de sabiduría místico-marcial con tintes muy bélicos, una guapérrima prostituta de indescriptible y encantador acento finolis, una fiel escudera con más testosterona y hombría que muchos hombres, una temeraria y cruel leona real en defensa de sus cachorros, el freaky de la clase que se recicla en el prefe de la líder….. un suma y sigue de roles a cual más interesante.

Esta serie es un icono perfecto para la era de la globalización, porque “le toca” a todo el mundo, gracias a esa pluralidad de caracteres tan magistralmente dibujada por los guionistas, provoca que cada uno encuentre su referente. Habita en ella una máscara perfecta para cada personalidad. Para mayor gloria, los personajes no son lineales, poseen un gran arco que se diría en argot interpretativo. Esto es lo que más nos encandila, porque la vida es así. Uno inicia siendo un bastardillo repudiado y, con perseverancia y mucho brillo personal, puede rebautizarse en el pilar fundamental de "LA FAMILIA".

Y luego está la cuestión de vivir el momento. Ellos lo hacen. Demasiadas espadas surcando el aire de los 7 reinos como para no… ¡Son una magistral lección de Carpe Diem!

¡¿Y qué me dicen de ese pedazo mantra?!: “Lo que está muerto no puede morir”. ¡¡¡Guau!!! Nos sentimos más vivos que nunca, empatizando con el precipicio constante vivido por cada uno de los protas.

¿Y la llegada del crudo invierno como metáfora? Simple pero muy efectiva... ¡Sí Señor! 

El caso es que sea como fuere, tengo un mono terrible y no se llama Amedio. ¡Espero como agua en mayo este 17 de julio!

¿Saben que tengo una primita que se llama Arya? ¡Marcando nuevas generaciones y todo! ¡Yeah! ¡Menos mal que mi hijo ya está bautizado! Calla, que aún estoy a tiempo de hacerme un tatoo... ¡Invernalia forever! O no… mejor aún: “Amor de Madre… de dragones”. ¡Por supuesto!

Estimados lectores: me declaro tronista y no de las de Telecinco precisamente.

7 reinos, 7 razones.

7 notas, 7 colores…

¡Sólo faltan 7 días!